La luz del Domingo de Ramos le pide la venia a la primavera de la ciudad para desabrochar la caja de Pandora y descontar los nervios de una fe que en las paredes sombrea andares y antifaces.
Es el día remarcado por el Hijo del Carpintero para recibir a su paso las palmas y los vítores que en horas se tornarán en preguntas cosidas al dolor y respuestas carentes de ecos.
Es el consuelo misericordioso que tenemos los cofrades para abrigarnos las aflicciones del alma a unas espinas que saben a albarizuela; es el perdón que atraviesa de manera perpetua el arroyo de las ausencias y de manera valiente se cita con la vida para encararla de frente.
Y es una Pasión que ha sabido entender mejor que nadie los tiempos que el cielo necesita para macerar su llegada al reino del centro, ese que hoy negará a San Pedro entre palcos y sueños.
Domingo de Ramos.. el día en el que los suspiros vuelven a pintarse entre coloretes de felicidad.



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