A esa hora, justo cuando la noche se había apoderado del azahar y la luna se andaba maquillando sonrisas con volutas de incienso, sonaba en la plaza de los plateros “Reo de Muerte”.
Era Miércoles Santo, y el paso de misterio que había hecho la proeza de venir desde más allá del horizonte un año más, se disponía a despedirse de la ciudad gustándose en una calle Tornería que lo esperaba desde hacía varias noches.
Todo el mundo allí congregado anclaba su mirada a los izquierdos, a los guardabrisas, a las voces de mando de los capataces..
Todo el mundo se distraía con los empujones, con las fotos, con la bulla conformada en torno a Dios..
Todo el mundo se sentía preso de aquel momento..
Exceptos dos personas que en ese momento clavaban sus sentimientos a un abrazo.
Abrazo que tardó en llegar el tiempo que necesito el miedo en deshojar el pétalo de la valentía.
Él la abrazaba por la espalda para protegerla de los suspiros, para calmarle los nervios, para susurrarle que ese instante era de los dos.
Ella se dejaba llevar, pues su voz era el madero donde la confianza se había detenido.
Sonaba “Reo de Muerte”… el paso se perdía por la estrechez de la calle, y la música danzaba sobre la piel de ambos haciendo arabescos de felicidad en sus miradas.
Todo el mundo se quedó con la marcha, mientras Dios se quedó pensando en el abrazo de esos dos amantes que le rezaron –a su manera- mientras Él era sentenciado a muerte.



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