A veces se nos olvida que el Hijo de Dios murió en una cruz de madera, en un monte llamado Gólgota, tras padecer un calvario que ningún ser humano sería capaz de soportar hoy en día, y que todo ese escarnio lo sufrió para que la obra a imagen y semejanza de su Padre pudiera redimir todos sus pecados.
Su muerte fue cruenta.
Su pasión fue sangrienta.
Sus últimos alientos fueron sádicos, lacerantes, despiadados…
Imaginaos por un momento que, desde el primer hálito de vida, sabéis cual será vuestro destino; y tal y como hizo Jesús el Nazareno lo asumís, lo aceptáis, lo hacéis vuestro… a pesar de saber que vais a entregar vuestra vida por el ser más egoísta, más rencoroso y más desagradecido de la tierra.
Y entre esos seres egoístas, rencorosos y desagradecidos de esta tierra me encuentro yo…
Santísimo Cristo del Perdón,
perdona a este simple maestro escuela que sigue pasando muchas mañanas por el cerco de tu Ermita
y es incapaz de rezarte un tímido padrenuestro.
Santísimo Cristo del Perdón,
perdona que no haya reparado en Ti,
en tus rodillas,
en tu paño de pureza
o en tu boca entreabierta esperando a la muerte
y haya preferido mirar hacia otro lado, señal inequívoca de que soy un hombre pusilánime y mundano.
Santísimo Cristo del Perdón,
perdona que me haya creído superior al resto de mis hermanos alguna que otra vez;
perdona que me hunda por problemas que tienen solución;
perdona por ignorarte,
por olvidarte,
por vivir alejado de Ti.
Hoy te pido mil perdones
descalzando mis palabras
hoy te ofrezco mis heridas
para que puedas sanarlas
hoy Señor… abro las puertas
del zaguán de mis miradas
esas que saben tu nombre
y precisan ser calmadas
cuando la luna se asoma
entre azoteas moradas.
Llevo toda la vida escuchando sobre Ti, Santísimo Cristo del Perdón, pero en el fondo no sé quién eres.
Mis anhelos cofrades derivaron a otros puertos, buscaron otros altares, conjugaron otros senderos… por eso, cuando el Domingo de Ramos coincido a veces contigo por un instante, me quiebro el cuello para retenerte en mi memoria a la altura de la calle Bizcocheros, aún a riesgo de que me riña el diputado de mi tramo.
Qué curiosa es la vida a veces Señor…
Cuando nos equivocamos, pedimos perdón…
Cuando llegamos tarde, pedimos perdón…
Cuando no sabemos qué decir, pedimos perdón…
Pero…
¿sabemos perdonarnos a nosotros mismos?
No creo que sea casualidad que el Santísimo Cristo del Perdón conviva entre nosotros estando aún vivo en esa cruz de madera.
Para perdonar,
hay que mirar a los ojos,
hay que abrirse en dos el corazón
y hay que vaciarse por dentro de sinceridad.
Por eso lo tallaron de esa forma:
con los ojos abiertos,
esperanzados,
llenos de luz.
Si pueden, búsquenlo entre la multitud,
otéenlo entre las nubes de inciensos,
síganle como la oveja sigue al pastor,
como el frio sigue al mes de enero,
como la risa sigue al llanto…
Me consta que Él duerme tras un altar bajo la sombra de salones a medio amueblar, con sus dos brazos abiertos esperando a que nos desangremos en miradas y silencios, esperando a que salgamos llenos de su Verdad si nos postramos ante sus plantas de manera humilde y sincera.
Yo tengo una cita pendiente con Él…
Yo quiero ir a verlo cuando nadie me vea…
Yo necesito saldar mis cuentas para seguir sumando ratitos a su lado…
Aunque no sé cómo me puede recibir al que tantas veces he negado en estos últimos años…
Pero mientras ese momento llega, dejadme que a mi manera os susurre mis humildes pretensiones…
Soneto 1
Te veo caminar entre miradas
que oscilan del quebranto al desconcierto
del asombro al presente más incierto
del abismo a las penas desgastadas.
Siento que tus manos están ancladas
y a todo el mundo dejas boquiabierto,
mientras sacias la sed de este desierto
cubierto por nubes atormentadas.
Esperas en la cruz de los tormentos
a que el tiempo detenga su agonía
y acabe con tu vida entre lamentos.
Lamento no rezarte cada día
y perseguir los ecos de tus vientos…
discúlpame Señor, mi cobardía.
Soneto 2
Repican las campanas por tu muerte
lloran las cicatrices por tu duelo
se consume la llama de mi cielo
se condena el destino al no vencerte.
Tus latidos se apagan a su suerte
de tu costado brota el desconsuelo
se descuartiza todo, en un anhelo
al verte transitar sin merecerte.
Que sólo vas camino del calvario
cuando el sol se detiene en tu mirada
y el gentío persigue tu sudario.
Hasta los vientos lucen retirada
se queda Barrabás sin adversario
discúlpame Señor, la canallada.
Soneto 3
Perdóname Señor, con tu templanza
perdóname Señor, con tu sosiego
perdóname Señor, si me doblego
perdóname Señor, la desconfianza.
Perdóname Señor, esta alabanza
perdóname Señor, si te reniego
perdóname Señor, si en Ti congrego
mis dudas, mis certezas, mi esperanza.
Y cuando mis latidos hechos trizas
dejen de respirar por mis pulmones
y mi sangre agonice entre albarizas.
Te buscaré, por calles y rincones
de un Jerez que reza sus cenizas…
discúlpame Señor, mis pretensiones.



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