Pocas cosas hay en este mundo que se puedan comparar a la muerte de un hijo.
Y menos cuando una madre no puede hacer nada para evitarla, para retrasarla, para esquivarla.
Remedios, antes de ostentar el título de Madre de Dios, fue la madre de Jesús, ese niño con rizos de oro que jugueteaba con las virutas del taller del padre y que templaba con sus ojos los atardeceres de la infancia.
Remedios supo desde el primer latido que en su vientre albergaría la piedra filosofal con la que la humanidad tenía que cambiar, transformarse, dar comienzo.
Remedios aceptó su sino, sobre todo el de enhebrar un duelo entre la luna y el sol, entre la primavera y la noche, entre el amor incondicional y la pasión de querer hasta perder las tapaderas del sentido.
No se cuenta en las Sagradas Escrituras, pero estoy seguro de que Remedios tendría la luz en sus pupilas, la dulzura en sus labios y el aroma en sus palabras mientras sentía como ese niño se iba acomodando en el primer tabernáculo de la historia.
Y es que cuando una mujer recibe la noticia de ser madre, todo cambia, todo le cambia, y hasta los suspiros comienzan a deletrearse de otra manera.
Y ese dolor que supone desprenderse de esa vida que bajo sus entrañas ha ido engendrando, pasa a un segundo plano cuando el roce de su piel primera le hace llorar con lágrimas que saben a pura felicidad.
Y aunque hay madres que no han sentido el dolor del parto, son madres porque se enamoraron de sus hijos desde la primera vez que lo vieron y lo acogieron y lo sienten tan suyos que, si ellos se cortan, su corazón es el que sangra.
Y el corazón de Remedios sangró por culpa de tres clavos, cientos de latigazos y una corona de espinas para que el resto pudiéramos vivir la primera Semana Santa de la Historia.
Y yo os pregunto…
¿Qué no daría Remedios por empezar de nuevo?
Pero Ella dijo que sí
una tarde en la que el cielo
se enamoró de su voz
dulce como el caramelo
para escribir con latidos
profecías de desvelos.
Y ante un Ángel solitario
detuvo el son de los tiempos
al inclinar la cabeza
y enseñarle sus hoyuelos
al enviado por Dios
para acallar los anhelos.
Y aunque sintiera una daga
atravesarle sus pechos
le pudo el Amor de Madre
y el querer sin desconsuelo
al niño que, en sus entrañas
iba pintando revuelos.
Con cada luna embebida
Ella sentía un riachuelo
de lágrimas de cristal
tatuarse en sus pañuelos.
Cada vez que se movía
el llamado por los sueños
por sus ojos se escapaban
suspiritos de recelos.
Y al mundo le iba contando
al detenerse en su pueblo
que Jesús se llamaría
el Rey de sus Universos.
Por las tardes, las vecinas
la ayudaban con esmero
y San José barnizaba
cunitas color de albero.
Y al llegar la primavera
se le escaparon dos besos
cuando por fin escuchó
un susurro mañanero
que le detuvo los pulsos
temblandole todo el cuerpo
al oírle, de sus labios
un “mamá” sin aspavientos.
Ese niño fue creciendo
entre juegos y atropellos
con heriditas de prisas
provocadas por sus nervios.
Todo el mundo lo llamaba
el Hijo del Carpintero
y el corazón de María
la de los bellos cabellos.
Y llegó un mes de marzo
maldito mes carcelero
en el que treinta monedas
pusieron fin a su cuello.
Y todas las enseñanzas
y toditos sus ejemplos
sus parábolas de azúcar
y los milagros de cuentos
se escaparon por los cielos
negándole hasta San Pedro.
Y el corazón de María
del que Jesús era dueño
se congeló para siempre
entre ladrones confesos
dejando una cicatriz
en su regazo risueño.
Desde aquel maldito día
Ella deambula sin ceño
apenas come o descansa
y respira a contratiempo
pues resuena en su memoria
la sangre de su pequeño
y las manos de Pilatos
huyendo cual pedigüeño.
A Ella le robaron todo
en aquel mismo momento
en el que lo vio morir
claudicando sus alientos
y por su boca expiró
la sangre del nazareno.
A Ella la dejaron sola
recontando pensamientos
ensartando las agujas
calientes como recuerdos
para construir un manto
al silencio de los templos.
A Ella nadie la escuchó
desgarrarse los adentros
desbaratar los sentidos
llorar con agotamiento
apretarse las costuras
y amortajar descontentos
cada vez que por diciembre
en Belén nacía el Verbo
y la historia repetía
uno a uno sus tormentos.
Tormentos que por Amor
cautivaban a los vientos.
Tormentos que por Amor
deshojaban firmamentos.
Tormentos que por Amor
aliviaban pensamientos
y convertían el mundo
un valle para sedientos.
Y es que el Amor fue la clave
para asumir los sustentos
que María padeció
desde el primer nacimiento
en un portalito oscuro
bajo el frío del invierno.
Y es que el Amor fue la clave
para evitar los asedios
de una tierra que se olvida
de leer los evangelios.
Y es que el Amor es la clave
para entender los deseos
de esperanzar a los hombres
cuando todo está desecho
y sólo nos queda amar
como único mandamiento
como Jesús nos amó
y nos sigue bendiciendo
cada vez que alguien le reza
y le calma sufrimientos
a una Madre jerezana
que se llama… de Remedios.



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