Pocas cosas hay tan sencillas en este mundo como el sencillo mundo que dibuja una cofradía.
La tarde se cita con los nervios para vestirse entre risas.
El hojaldre de las miradas comienza a acariciarse en la espadaña del templo.
Y el aire -ese amante que roba pasiones a las esquinas de los callejones-, se va endulzando con las pisadas de otros tiempos.
Quizás el barrio de la Hermandad de San Mateo contenga el nerviosismo de otras risas; viva al amparo de la solera de un templo añejo; y las pisadas robadas por los callejones estén remarcadas por los recuerdos salpicados de otros tiempos.
Pero es que uno no elegí ser de aquella o de esta hermandad.
Es la vida, el destino, la amistad… o el mismo Dios -encarnado en madera y recubierto de sangre-, quien se adentra en el fondo de tu alma para indicarte el camino a seguir.
Y si sencillo es el mundo que dibuja una cofradía en la calle, mucho más sencillo debiera de ser entender aquellas señales que de vez en cuando nos indica -siempre a su manera-, ese Dios al que mal nombramos de tarde en tarde.
Sin embargo, la tozudez del hombre es tal,… que a veces peca de ceguera, de sordera, de egoísmo,… y se queda sólo en la piel de las cosas.
El Dios que reina en San Mateo -el que cobija los sueños de mi sobrina Teresa-, acuna todos los días del año su Desconsuelo y sus Penas bajo un retablo de gubias y humedades,… y es el único que puede acentuar el camino de su Palabra.
Ahí radica la diferencia entre Él y nosotros.
Entre su sencillez y nuestra complejidad.
Entre su gloria y nuestra mísera existencia.
Entre nuestras preguntas y sus sabias respuestas.
Como ven… hay un mundo de sencillas e inexplicables diferencias…
Y probablemente ese mismo Dios, el que mora desde hace tres siglos en una encrucijada de adoquines donde los óleos de los latidos se quedaron a respirar otros abrazos, otras lágrimas, otros aromas,… viendo que este mundo cofrade deambula a la deriva… torció el gesto, echo la vista atrás e hizo que los vientos trajeran la lluvia con la que regresar más pronto que tarde a su casa.
Él y sus cosas.
Él y sus repentinos mosqueos.
Él y sus renglones torcidos.
Y en ese maremágnum de sentimientos a flor de piel,… de prisas por llegar,… de ansías por inmortalizar un extraordinario atardecer,… surgió su señal, su Palabra, su bendita forma de estar… su bendita forma de ser.
Y se quitó de en medio.
Sin escuchar a nadie.
Sin detenerse en los asedios… entreabriendo el pasillo de su mirada para que fuéramos a buscarle a su casa, sin excusas de ningún tipo y con el más sencillo de los atrevimientos.
Algunos se acercaron hasta Él con la mirada limpia de envidias,.. esas que se desataron horas después de su recogida.
Otros le miraron con la misma inocencia con la que lo hacen los niños,… y no con el veneno que destilan a veces las nuestras.
Y algunos otros le mencionamos en el mismo suspiro para agradecerle y pedirle a partes iguales que si estamos aquí es por su culpa,… y nada más que por su eterna culpa.
Cuando el tiempo discurra entre olvidos, echaremos la vista atrás y caeremos en la cuenta de que hubo una tarde de octubre en Jerez en la que ese Dios pequeño -subido sobre una peña que sabe a sorteos y sentencias-, quiso dejarnos claro que su grandeza cabe en el espacio silencioso de unas manos entrelazadas; en el rezo esquivo de una bulla que camina de espaldas; y en una plaza sin mercado -que colinda con sus entrañas-, que al llegar aquella lluvia dejo escapar más de una impotente lágrima.
Y algún día nos daremos cuenta de que sólo en Él radica la culpa de trazar en el cielo esa maldita nube con la que se truncó el sueño de visitar las murallas del viejo Alcázar…
ARTÍCULO PUBLICADO EN LA WEB COFRADEMANÍA EN EL AÑO 2014



Deja una respuesta