Sal… y búscalo

         A pocas horas de que la cuaresma busque cobijo en un recuerdo del ayer y la ciudad, inundada de naranjos y de azahares comience a germinar melodías de ensueños, permíteme que te cuente quien es ese que va a pasar por ahí.

A pocas horas de que la espera eterna duerma el sueño inmortal entre nostalgias y añoranzas, y la Luna de Nisán perfile su sombra en las almenas de una Alameda cansada y Vieja de contar siglos de historias, déjame que te hable de lo que siento cuando yo veo a ese que tú vas a ver por ahí.

A pocas horas de que mis pies me pidan un respiro, mis pulmones reclamen un sosiego y mis lágrimas ya no necesiten pañuelos en los que desahogar su culpa, léeme los labios entre estas líneas que ahora te escribo, y entenderás lo que quiero decirte sobre ese que vamos a ver por ahí.  


Tengo que lograr que entiendas, que creas, que sientas que ese que va a respirar el mismo aire que tú respiras cada tarde es mucho más que una simple talla de madera.

Porque su nombre es el que mueve los cimientos de miles de personas que tienen en su camino el sendero para llegar a la gloria.

Porque su Palabra abre puertas, ventanas, cerrojos; celosías, cierros, corazones;… con tan sólo escuchar los puntos suspensivos que nos regala su silencio.   

Porque en su mirada duerme el horizonte de los días que nos quedan por vivir y a ti te quedan aún por disfrutar.


Por una vez en tu vida, hazme caso.
Desnuda tu mente de prejuicios.
Descorre las cortinas de la ignorancia y destapa y bebe del tarro de la sabiduría.

Sólo te pido una cosa.

Mira un poco más allá de una burra rodeada de palmas, o de un izquierdo dado al compás de una marcha, o de una turba que camina de espaldas doblegando las calichas de las paredes del centro.


Cuando salgas estos días a la calle, busca a ese que va a pasar por ahí en los latidos de cada nazareno de fila, en las fajas que envuelven promesas y cansancios, en las voces de mando que desnudan los credos de mi pueblo; porque ahí se esconde la grandeza de mi Dios.


Y fíjate si es grande mi Dios, que cada vez que llega la primavera, vuelve a entregarse por amor a su gente, y se pasea por sus plazas, por sus barrios, para romperte a ti -y a mí- los quicios de su verdad con su soberana presencia,

Si no me crees, cuando pises el cielo, pregunta por un tal Poncio Pilatos; cada cuarto de hora se anda lavando las manos porque lo reconcome la culpa.  


Me faltan un par de días para verlo, y ya siento su aliento recorrer las costuras de mis nervios.

Me faltan un par de lunas para reseguir su pasión reflejada en los espejos de los escaparates, y ya siento su respiración perderse en el aire de mi sangre.

Me faltan un par de noches para notar sus jadeos viniendo de frente en busca mía, y no sé si salir a su encuentro o echar a correr por los callejones de mis arrugas para darme cuenta de quién soy.


Recuerda que una vez me dijiste que perdonar es el valor de los valientes; con un simple guiño ese que vamos a ver por ahí es capaz no sólo de perdonarte.

Así que sal… y búscalo.
Antes de que nos demos cuenta…


ARTÍCULO PUBLICADO EN LA WEB COFRADEMANÍA EN EL AÑO 2014

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